lunes, 2 de marzo de 2009
Ejercicios de mecanografía, 2
Los cielos nublados son una paleta llena de posibilidades.
Escribir es temer no estar a la altura.
Escribir es apropiarse del dolor ajeno y convertirlo en propio.
Escribir es la reinterpretación constante de una canción en repeat.
Las paletas son una posibilidad llena de cielos nublados.
Las promesas son el ancla que nos clava a la vida.
Fregar los platos es una reinvención del mito de sísifo.
La ropa que no se tiende nunca se seca.
A.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Ejercicios de mecanografía, 1
Eso por una parte.
Luego, entre centenares de expedientes, cabe preguntarse, una vez más, como es que nos cuesta tanto darnos cuenta de que estas calles que son nuestras fueron de todos esos muertos que llevaron nuestros nombres y vivieron en nuestras casas. Más horroroso aún es aceptar que nuestros sueños fueros antes sus propios sueños y que los errores que cometeremos ya los cometieron nuestros fantasmas. Y por ello, una vez más, es inútil: tarde o temprano deberás dar la cara.
Ante tanta cobardía, una palabra amiga es un estandarte clavado en el corazón de la Antártida.
Mecanografiar: encadenar derrotas.
Los nombres de los muertos son la desazón de los vivos.
Todos los símbolos están condenados a ser descubiertos.
No debes culparte por los errores que no has cometido aún.
Y finalmente, lo más importante:
eso que buscas no lo vas a encontrar en el periódico.
lunes, 26 de enero de 2009
Una mala pasada
(el principito).
martes, 9 de diciembre de 2008
Sed felices
lunes, 4 de agosto de 2008
LA MOCHILA Y EL CURRICULUM
Arturo Pérez Reverte
Domingo 22 de mayo de 2005.
Llueve a ratos, y Madrid está frío y desapacible. Pasan paraguas al otro lado del escaparate de la librería de mi amigo Antonio Méndez, el librero de la calle Mayor. Estamos allí de charla, fumando un pitillo rodeados de libros mientras Alberto, el empleado flaco, alto y tranquilo, que no ha leído una novela mía en su vida ni piensa hacerlo -«ni falta que me hace», suele gruñirme el cabrón- ordena las últimas novedades. En ésas entra un chico joven con una mochila a la espalda, y se queda un poco aparte, el aire tímido, esperando a que Antonio y yo hagamos una pausa en la conversación.
Al fin, en voz muy baja, le pregunta a Antonio si puede dejarle un currículum. Claro, responde el librero. Déjamelo. Y entonces el chico saca de la mochila un mazo de folios, cada uno con su foto de carnet grapada, y le entrega uno. Muchas gracias, murmura, con la misma timidez de antes.
Si alguna vez tiene trabajo para mí, empieza a decir. Luego se calla. Sonríe un poco, lo mete todo de nuevo en la mochila y sale a la calle, bajo la lluvia.
Antonio me mira, grave. Vienen por docenas, dice. Chicos y chicas jóvenes. Cada uno con su currículum. Y no puedes imaginarte de qué nivel. Licenciados en esto y aquello, cursos en el extranjero, idiomas. Y ya ves. Hay que joderse.
Le cojo el folio de la mano. Fulano de Tal, nacido en 1976. Licenciado en Historia, cursos de esto y lo otro en París y en Italia. Tres idiomas. Lugares, empresas, fechas. Cuento hasta siete trabajos basura, de ésos de tres o seis meses y luego a la calle. Miro la foto de carnet: un apunte de sonrisa, mirada confiada, tal vez de esperanza. Luego echo un vistazo al otro lado del escaparate, pero el joven ha desaparecido ya entre los paraguas, bajo la lluvia.
Estará, supongo, entrando en otras tiendas, en otras librerías o en donde sea, sacando su conmovedor currículum de la mochila. Le devuelvo el papel a Antonio, que se encoge de hombros, impotente, y lo guarda en un cajón.
Él mismo tuvo que despedir hace poco a un empleado, incapaz de pagar dos sueldos tal y como está el patio. Antes de que cierre el cajón, alcanzo a ver más fotos de carnet grapadas a folios:
chicos y chicas jóvenes con la misma mirada y la misma sonrisa a punto de borrárseles de la boca. España va bien y todo eso, me digo. La puta España. De pronto la tristeza se me desliza dentro como gotas frías, y el día se vuelve más desapacible y gris. Qué estamos haciendo con ellos, Maldita sea. Con estos chicos.
Antonio me mira y enciende otro cigarrillo. Sé que piensa lo mismo. En qué estamos convirtiendo a todos esos jóvenes de la mochila, que tras la ilusión de unos estudios y una carrera, tras los sueños y el esfuerzo, se ven recorriendo la calle repartiendo currículum en los que dejan los últimos restos de esperanza Licenciados en Historia o en lo que sea, ocho años de EGB, cinco de formación profesional, cursos, sacríficios personales y familiares para aprender idiomas en academias que quiebran y te dejan tirado tras pagar la matrícula. Indefensión, trampas, ratoneras sin salida, empresarios sin escrúpulos que te exprimen antes de devolverte a la calle, políticos que miran hacia otro lado o lo adornan de bonito, sindicatos con más demagogia y apoltronamiento que vergüenza. Trabajos basura, desempleos basura, currículums basura. Y cuando el milagro se produce, es con la exigencia de que estés dispuesto a todo: puta de taller, puta de empresa, boca cerrada para sobrevivir hasta que te echen; y si tienes buen culo, a ser posible, deja que el jefe te lo sobe. Aún así, chaval, chavala, tienes que dar las gracias por los cambios de turno arbitrarios, los fines de semana trabajados, las seiscientas horas extras al año de las que sólo ochenta figuran como tales en la nómina. Y si encima pretendes mantener una familia y pagar un piso date con un canto en los dientes de que no te sodomicen gratis. Flexibilidad laboral, lo llaman Y gracias a la flexibilidad de los cojones se han generado, dice el portavoz gubernamental de turno tropecientos mil empleos más, y somos luz y fan de Europa. Guau. Gracias a eso, también, un chaval de veintipocos años puede disfrutar de la excitante experiencia de conocer ocho empleos de chichinabo en tres o cuatro años, y al cabo verse el la calle con la mochila, buscándose la vida bajo la, lluvia.
Partiendo una y otra vez de cero. Flexibilidad laboral. Rediós. Cuánto eufemismo y cuánta mierda. A ver qué pasa cuando, de tanto flexionarlo, se rompa el tinglado y se vaya todo al carajo, y en vez de currículums lo que ese chico lleve en la mochila sean cócteles molotov.
miércoles, 2 de julio de 2008
Republicana de tercera
Pido un café con leche en un bar y despliego El País. Estarán contentos los editores del (no tan) ilustre periódico socialista: han perdido a un fiel cliente, pero han ganado una joven lectora. Mal que bien pertenezco a la generación digital, y por más que no suela comprar la edición analógica, esa que cruje entre los dedos y que huele a noticia recién inventada, al menos los sigo a diario por internet. Y no anda el horno para bollos como para despreciar la fidelización de nuevos lectores. Lo hago, la verdad, por puro masoquismo. Me alegraría leer a Haro Tecglen, ese señor (me corrijo, ese monstruo) cuyos escritos no entendí hasta que fue demasiado tarde para todos: para él, que murió y dejó vacía su columna (y el periódico), para mi padre, que lo siguió durante años y al fin murió también, quien sabe si de cáncer o de aburrimiento por la falta de los brillantes escritos del niño republicano, y para mi, que me quedé sin ninguno de los dos para consolarme. En verdad creo que mi miseria sería un poco menos miserable si al menos pudiera leer a Tecglen –ahora que por fin lo entiendo-, aprender de él lo que no estuve a tiempo de aprender de mi padre, pero no hay modo, los dos se han ido y tal vez ahora maten el tiempo en algún cielo en el que ninguno de los dos creía, o más posiblemente en algún café republicano mientras comentan las olvidadas épocas de la postguerra. Ahora –tarde ya, maldita sea, demasiado tarde- entiendo que Tecglen buscaba con sus artículos lo mismo que mi padre con sus historias: conservar viva la memoria de la Segunda República. Memoria para cuya destrucción se han destinado millones de pesetas, y de euros, y de horas de silencio. Setenta años han pasado ya desde que naciera mi padre, setenta años desde que el último baluarte de la República se hundiese, y todavía seguimos igual; no aplica la frase de “ni olvido ni perdón”, porque lo cierto es que olvido hay, y mucho, y perdón quién sabe, en fin, ya deben estar todos los rojos muertos (¿cuántos quedan? que levanten la mano), y si no lo están poco le falta. El olvido se cuenta por millares: por millares de cuerpos desaparecidos, nunca devueltos. Quisiera pensar que las historias de mi padre no fueron en vano, que consiguió meterme en la cabeza que nos robaron una república que él conocía sólo de segunda mano. Yo la conozco de tercera, pero harán falta aún muchas generaciones para borrar de nuestra memoria que ese gobierno fue nuestro, que nos lo robaron vilmente, no se si con nocturnidad pero con alevosía seguro, y que nunca ha sido restituído. Hoy, si Tecglen estuviera vivo, me gustaría mandarle una carta diciéndole que no se apure, que aún quedamos unos cuantos para mantener el cuento vivo, para contarle a nuestros hijos -si es que algún día encontramos trabajo para poder tenerlos sin el justo temor a que se mueran de hambre- que de transición a la democracia nada (¡ladrones!). Tecglen no está ya, su espacio quedó vacío, y queda un poco más vacío cada día que no escribe en él. Mi padre se fue y sus pinceles y pinturas acumulan polvo, de su boca ya no saldrán más cuentos ni de sus manos manifiestos anarquistas. Quizá sea poco que ofrecer a cambio, pero quedo yo, pobre como soy, sin ningún talento para dibujar y el justito para escribir; joven, precaria, y además, por si todo ello no fuera bastante, mujer. Anarquista de segunda, republicana de tercera, pero contestataria e inconforme por mérito propio. Hoy abro El País por el final, doy un sorbo al café y me doy a la interminable e inútil tarea de recomponer mentalmente la columna de Tecglen. (Perdón por la falta de estilo, pare. Hago lo que puedo).