Mi mundo es tan pequeño que una pisada sobre el césped resuena como un seismo.
Imagina como suena el resto.
jueves, 30 de abril de 2009
miércoles, 29 de abril de 2009
Ejercicios de mecanografía, 3
Tanto tiempo planeando el suicidio perfecto y ya ni ganas tienes, porque la muerte, ¡adopta formas tan siniestras! Clava las pestañas en cualquier lugar hermoso. Iremos cargando con los muertos hasta que alguien cargue con nosotros...agradecerán que les dejemos una carga ligera, supongo.
lunes, 2 de marzo de 2009
Ejercicios de mecanografía, 2
Él siempre escucha la música en random. Ella le pone el repeat a una canción durante horas. Uno de estos días estará lista para escuchar toda la música del mundo sin querer atrapar la esencia última del todo.
Los cielos nublados son una paleta llena de posibilidades.
Escribir es temer no estar a la altura.
Escribir es apropiarse del dolor ajeno y convertirlo en propio.
Escribir es la reinterpretación constante de una canción en repeat.
Las paletas son una posibilidad llena de cielos nublados.
Las promesas son el ancla que nos clava a la vida.
Fregar los platos es una reinvención del mito de sísifo.
La ropa que no se tiende nunca se seca.
A.
Los cielos nublados son una paleta llena de posibilidades.
Escribir es temer no estar a la altura.
Escribir es apropiarse del dolor ajeno y convertirlo en propio.
Escribir es la reinterpretación constante de una canción en repeat.
Las paletas son una posibilidad llena de cielos nublados.
Las promesas son el ancla que nos clava a la vida.
Fregar los platos es una reinvención del mito de sísifo.
La ropa que no se tiende nunca se seca.
A.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Ejercicios de mecanografía, 1
Si vieses a un cura mendigando, ¿no pensarías como yo que toda forma de exilio, de hibernación, de escape, es inútil? Es inútil: tarde o temprano deberás dar la cara.
Eso por una parte.
Luego, entre centenares de expedientes, cabe preguntarse, una vez más, como es que nos cuesta tanto darnos cuenta de que estas calles que son nuestras fueron de todos esos muertos que llevaron nuestros nombres y vivieron en nuestras casas. Más horroroso aún es aceptar que nuestros sueños fueros antes sus propios sueños y que los errores que cometeremos ya los cometieron nuestros fantasmas. Y por ello, una vez más, es inútil: tarde o temprano deberás dar la cara.
Ante tanta cobardía, una palabra amiga es un estandarte clavado en el corazón de la Antártida.
Mecanografiar: encadenar derrotas.
Los nombres de los muertos son la desazón de los vivos.
Todos los símbolos están condenados a ser descubiertos.
No debes culparte por los errores que no has cometido aún.
Y finalmente, lo más importante:
eso que buscas no lo vas a encontrar en el periódico.
Eso por una parte.
Luego, entre centenares de expedientes, cabe preguntarse, una vez más, como es que nos cuesta tanto darnos cuenta de que estas calles que son nuestras fueron de todos esos muertos que llevaron nuestros nombres y vivieron en nuestras casas. Más horroroso aún es aceptar que nuestros sueños fueros antes sus propios sueños y que los errores que cometeremos ya los cometieron nuestros fantasmas. Y por ello, una vez más, es inútil: tarde o temprano deberás dar la cara.
Ante tanta cobardía, una palabra amiga es un estandarte clavado en el corazón de la Antártida.
Mecanografiar: encadenar derrotas.
Los nombres de los muertos son la desazón de los vivos.
Todos los símbolos están condenados a ser descubiertos.
No debes culparte por los errores que no has cometido aún.
Y finalmente, lo más importante:
eso que buscas no lo vas a encontrar en el periódico.
lunes, 26 de enero de 2009
Una mala pasada
"Cuando te hayas consolado (siempre se consuela uno) estarás contenta de haberme conocido. Serás mi amiga y tendrás ganas de reír conmigo. Algunas veces abrirás tu ventana sólo por placer y tus amigos quedarán asombrados de verte reír mirando al cielo. Tú les explicarás: "Las estrellas me hacen reír siempre". Ellos te creerán loca. Y yo te habré jugado una mala pasada..."
(el principito).
(el principito).
martes, 9 de diciembre de 2008
Sed felices
Todas las quejas, todos los maullidos, toda la desesperación y la euforia y la decepción y la crónica pérdida de tiempo: perdidos. No importa: tengo cantidades industriales de todo eso. Con descuentos a mayoristas. La niña dice: necesito hibernar. Tiene razón. Todos deberíamos hibernar hasta que vengan tiempos mejores. Pero como no van a venir tiempos mejores, entonces lo único que queda por hacer es coger al toro por los cuernos y enfrentarse al vacío sideral con buena cara. Eso hago: al mal tiempo, buena cara. Señores, señoras, ármense de buenas caras y de sonrisas deslumbrantes porque se avecina la madre de todas las tormentas. Creo que en el fondo no me queda mucho más por hacer que dar las gracias por haber nacido en el puro vórtice del cambio, agarrarme al mástil del barco y tomarme los baches con alegría. Y malgastar mi tiempo en ocupaciones sin oficio ni beneficio porque total, qué más da. Si todos vamos a morir de cáncer y jodidamente solos, si no oís los latidos desaforados del mundo, si no os tiemblan las manos cuando pensáis en comportaros como personas maduras, bueno, entonces no os extrañéis si lo mandamos todo a tomar por culo con semejante diplomacia. Sed felices. Cobrad el paro mientras podáis. Y sobre todo, recordad esto: el salario mínimo es inembargable.
lunes, 4 de agosto de 2008
LA MOCHILA Y EL CURRICULUM
Este artículo de Pérez-Reverte ya tiene años pero está más vigente que nunca. Le voy a poner (otra) vela a la moreneta para que algún día los dioses del sol me iluminen y pueda escribir así. Entretanto, mejor leer el original.
Arturo Pérez Reverte
Domingo 22 de mayo de 2005.
Llueve a ratos, y Madrid está frío y desapacible. Pasan paraguas al otro lado del escaparate de la librería de mi amigo Antonio Méndez, el librero de la calle Mayor. Estamos allí de charla, fumando un pitillo rodeados de libros mientras Alberto, el empleado flaco, alto y tranquilo, que no ha leído una novela mía en su vida ni piensa hacerlo -«ni falta que me hace», suele gruñirme el cabrón- ordena las últimas novedades. En ésas entra un chico joven con una mochila a la espalda, y se queda un poco aparte, el aire tímido, esperando a que Antonio y yo hagamos una pausa en la conversación.
Al fin, en voz muy baja, le pregunta a Antonio si puede dejarle un currículum. Claro, responde el librero. Déjamelo. Y entonces el chico saca de la mochila un mazo de folios, cada uno con su foto de carnet grapada, y le entrega uno. Muchas gracias, murmura, con la misma timidez de antes.
Si alguna vez tiene trabajo para mí, empieza a decir. Luego se calla. Sonríe un poco, lo mete todo de nuevo en la mochila y sale a la calle, bajo la lluvia.
Antonio me mira, grave. Vienen por docenas, dice. Chicos y chicas jóvenes. Cada uno con su currículum. Y no puedes imaginarte de qué nivel. Licenciados en esto y aquello, cursos en el extranjero, idiomas. Y ya ves. Hay que joderse.
Le cojo el folio de la mano. Fulano de Tal, nacido en 1976. Licenciado en Historia, cursos de esto y lo otro en París y en Italia. Tres idiomas. Lugares, empresas, fechas. Cuento hasta siete trabajos basura, de ésos de tres o seis meses y luego a la calle. Miro la foto de carnet: un apunte de sonrisa, mirada confiada, tal vez de esperanza. Luego echo un vistazo al otro lado del escaparate, pero el joven ha desaparecido ya entre los paraguas, bajo la lluvia.
Estará, supongo, entrando en otras tiendas, en otras librerías o en donde sea, sacando su conmovedor currículum de la mochila. Le devuelvo el papel a Antonio, que se encoge de hombros, impotente, y lo guarda en un cajón.
Él mismo tuvo que despedir hace poco a un empleado, incapaz de pagar dos sueldos tal y como está el patio. Antes de que cierre el cajón, alcanzo a ver más fotos de carnet grapadas a folios:
chicos y chicas jóvenes con la misma mirada y la misma sonrisa a punto de borrárseles de la boca. España va bien y todo eso, me digo. La puta España. De pronto la tristeza se me desliza dentro como gotas frías, y el día se vuelve más desapacible y gris. Qué estamos haciendo con ellos, Maldita sea. Con estos chicos.
Antonio me mira y enciende otro cigarrillo. Sé que piensa lo mismo. En qué estamos convirtiendo a todos esos jóvenes de la mochila, que tras la ilusión de unos estudios y una carrera, tras los sueños y el esfuerzo, se ven recorriendo la calle repartiendo currículum en los que dejan los últimos restos de esperanza Licenciados en Historia o en lo que sea, ocho años de EGB, cinco de formación profesional, cursos, sacríficios personales y familiares para aprender idiomas en academias que quiebran y te dejan tirado tras pagar la matrícula. Indefensión, trampas, ratoneras sin salida, empresarios sin escrúpulos que te exprimen antes de devolverte a la calle, políticos que miran hacia otro lado o lo adornan de bonito, sindicatos con más demagogia y apoltronamiento que vergüenza. Trabajos basura, desempleos basura, currículums basura. Y cuando el milagro se produce, es con la exigencia de que estés dispuesto a todo: puta de taller, puta de empresa, boca cerrada para sobrevivir hasta que te echen; y si tienes buen culo, a ser posible, deja que el jefe te lo sobe. Aún así, chaval, chavala, tienes que dar las gracias por los cambios de turno arbitrarios, los fines de semana trabajados, las seiscientas horas extras al año de las que sólo ochenta figuran como tales en la nómina. Y si encima pretendes mantener una familia y pagar un piso date con un canto en los dientes de que no te sodomicen gratis. Flexibilidad laboral, lo llaman Y gracias a la flexibilidad de los cojones se han generado, dice el portavoz gubernamental de turno tropecientos mil empleos más, y somos luz y fan de Europa. Guau. Gracias a eso, también, un chaval de veintipocos años puede disfrutar de la excitante experiencia de conocer ocho empleos de chichinabo en tres o cuatro años, y al cabo verse el la calle con la mochila, buscándose la vida bajo la, lluvia.
Partiendo una y otra vez de cero. Flexibilidad laboral. Rediós. Cuánto eufemismo y cuánta mierda. A ver qué pasa cuando, de tanto flexionarlo, se rompa el tinglado y se vaya todo al carajo, y en vez de currículums lo que ese chico lleve en la mochila sean cócteles molotov.
Arturo Pérez Reverte
Domingo 22 de mayo de 2005.
Llueve a ratos, y Madrid está frío y desapacible. Pasan paraguas al otro lado del escaparate de la librería de mi amigo Antonio Méndez, el librero de la calle Mayor. Estamos allí de charla, fumando un pitillo rodeados de libros mientras Alberto, el empleado flaco, alto y tranquilo, que no ha leído una novela mía en su vida ni piensa hacerlo -«ni falta que me hace», suele gruñirme el cabrón- ordena las últimas novedades. En ésas entra un chico joven con una mochila a la espalda, y se queda un poco aparte, el aire tímido, esperando a que Antonio y yo hagamos una pausa en la conversación.
Al fin, en voz muy baja, le pregunta a Antonio si puede dejarle un currículum. Claro, responde el librero. Déjamelo. Y entonces el chico saca de la mochila un mazo de folios, cada uno con su foto de carnet grapada, y le entrega uno. Muchas gracias, murmura, con la misma timidez de antes.
Si alguna vez tiene trabajo para mí, empieza a decir. Luego se calla. Sonríe un poco, lo mete todo de nuevo en la mochila y sale a la calle, bajo la lluvia.
Antonio me mira, grave. Vienen por docenas, dice. Chicos y chicas jóvenes. Cada uno con su currículum. Y no puedes imaginarte de qué nivel. Licenciados en esto y aquello, cursos en el extranjero, idiomas. Y ya ves. Hay que joderse.
Le cojo el folio de la mano. Fulano de Tal, nacido en 1976. Licenciado en Historia, cursos de esto y lo otro en París y en Italia. Tres idiomas. Lugares, empresas, fechas. Cuento hasta siete trabajos basura, de ésos de tres o seis meses y luego a la calle. Miro la foto de carnet: un apunte de sonrisa, mirada confiada, tal vez de esperanza. Luego echo un vistazo al otro lado del escaparate, pero el joven ha desaparecido ya entre los paraguas, bajo la lluvia.
Estará, supongo, entrando en otras tiendas, en otras librerías o en donde sea, sacando su conmovedor currículum de la mochila. Le devuelvo el papel a Antonio, que se encoge de hombros, impotente, y lo guarda en un cajón.
Él mismo tuvo que despedir hace poco a un empleado, incapaz de pagar dos sueldos tal y como está el patio. Antes de que cierre el cajón, alcanzo a ver más fotos de carnet grapadas a folios:
chicos y chicas jóvenes con la misma mirada y la misma sonrisa a punto de borrárseles de la boca. España va bien y todo eso, me digo. La puta España. De pronto la tristeza se me desliza dentro como gotas frías, y el día se vuelve más desapacible y gris. Qué estamos haciendo con ellos, Maldita sea. Con estos chicos.
Antonio me mira y enciende otro cigarrillo. Sé que piensa lo mismo. En qué estamos convirtiendo a todos esos jóvenes de la mochila, que tras la ilusión de unos estudios y una carrera, tras los sueños y el esfuerzo, se ven recorriendo la calle repartiendo currículum en los que dejan los últimos restos de esperanza Licenciados en Historia o en lo que sea, ocho años de EGB, cinco de formación profesional, cursos, sacríficios personales y familiares para aprender idiomas en academias que quiebran y te dejan tirado tras pagar la matrícula. Indefensión, trampas, ratoneras sin salida, empresarios sin escrúpulos que te exprimen antes de devolverte a la calle, políticos que miran hacia otro lado o lo adornan de bonito, sindicatos con más demagogia y apoltronamiento que vergüenza. Trabajos basura, desempleos basura, currículums basura. Y cuando el milagro se produce, es con la exigencia de que estés dispuesto a todo: puta de taller, puta de empresa, boca cerrada para sobrevivir hasta que te echen; y si tienes buen culo, a ser posible, deja que el jefe te lo sobe. Aún así, chaval, chavala, tienes que dar las gracias por los cambios de turno arbitrarios, los fines de semana trabajados, las seiscientas horas extras al año de las que sólo ochenta figuran como tales en la nómina. Y si encima pretendes mantener una familia y pagar un piso date con un canto en los dientes de que no te sodomicen gratis. Flexibilidad laboral, lo llaman Y gracias a la flexibilidad de los cojones se han generado, dice el portavoz gubernamental de turno tropecientos mil empleos más, y somos luz y fan de Europa. Guau. Gracias a eso, también, un chaval de veintipocos años puede disfrutar de la excitante experiencia de conocer ocho empleos de chichinabo en tres o cuatro años, y al cabo verse el la calle con la mochila, buscándose la vida bajo la, lluvia.
Partiendo una y otra vez de cero. Flexibilidad laboral. Rediós. Cuánto eufemismo y cuánta mierda. A ver qué pasa cuando, de tanto flexionarlo, se rompa el tinglado y se vaya todo al carajo, y en vez de currículums lo que ese chico lleve en la mochila sean cócteles molotov.
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